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Jóvenes y política en México: aquí estábamos
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Jóvenes y política en México: aquí estábamos

Cada vez que se debate sobre el porvenir del país surge la misma interrogante: ¿dónde están los jóvenes? Esta cuestión suele plantearla la clase política de generaciones anteriores, como si existiera una plaza vacante que debimos ocupar y que abandonamos por falta de interés. Rara vez se cuestiona lo contrario: cuántos espacios nos han asignado, […]

Salvador Navarro Martínez3 min lectura

Cada vez que se debate sobre el porvenir del país surge la misma interrogante: ¿dónde están los jóvenes? Esta cuestión suele plantearla la clase política de generaciones anteriores, como si existiera una plaza vacante que debimos ocupar y que abandonamos por falta de interés. Rara vez se cuestiona lo contrario: cuántos espacios nos han asignado, cuántas decisiones nos han permitido tomar y cuántas veces solo nos convocaron para engrosar un mitin. La pregunta está formulada incorrectamente. Y generalmente quien la formula ya tiene preparada la respuesta que le conviene.

Los que nacimos con este siglo crecimos en un país distinto; con la guerra contra el narcotráfico como ruido constante de fondo, con salarios insuficientes para alquilar por nuestra cuenta, con empleos sin prestaciones y conscientes de que en ciertas regiones salir de noche es arriesgado. No exigimos que nos comprendan, sino que no nos expliquen un país que nosotros no hemos vivido. Tampoco formamos un grupo homogéneo: existen jóvenes urbanos y rurales, que estudian y otros que trabajan desde los quince años, que apoyan partidos contrarios. Ser joven no es una ideología, es una condición, y actualmente esa condición es precaria.

No es la primera ocasión en que una generación debe hacerse escuchar con fuerza. Lo demostraron los estudiantes en 1968 y también el movimiento #YoSoy132 al final del sexenio de Felipe Calderón. Cada vez que los jóvenes nos organizamos, la agenda pública se mueve.

El 13 de noviembre de 2025, pocos días tras el asesinato de Carlos Manzo, un colectivo de jóvenes escribimos NARCOESTADO en las vallas que protegían Palacio Nacional. Lo borraron y lo volvimos a pintar. No fue un acto vandálico ni un berrinche, sino el acto de nombrar lo que millones de familias padecen y lo que el poder se rehúsa a reconocer. Cuando el crimen decide quién gobierna un municipio y quién desaparece en una carretera, guardar silencio es rendirse.

¿Por qué entonces se insiste en que no participamos? Porque se mide con los criterios habituales: la urna, la credencial partidista, la campaña electoral. Votar es importante y militar también. Pero participar también significa organizar la colonia cuando falta agua, buscar a un desaparecido cuando la fiscalía no actúa, exigir transparencia a un alcalde o impulsar una causa en redes sociales que termine en la calle.

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Los datos del INE revelan algo más incómodo de lo que parece. En 2024, los jóvenes de 18 años votaron por encima del promedio nacional; sin embargo, los de 20 a 29 años no alcanzaron ni la mitad. Llegamos a nuestra primera elección con entusiasmo. Lo que debe preocupar es lo que ocurre después: años de violencia, empleo precario, corrupción impune y la sensación de que todo está decidido antes de que emitamos nuestro voto. La apatía no nace con nosotros, sino que se aprende, y se aprende observando a la clase política.

Es necesario distinguir entre participar, estar representado y tomar decisiones. Se puede marchar sin representantes, ocupar una secretaría juvenil sin tener influencia real o llenar un partido con jóvenes que repiten las viejas prácticas. La imagen de los políticos tradicionales con jóvenes no implica renovación. Lo que exigimos es concreto: voz en las decisiones que nos tocará pagar: la deuda, las pensiones, el agua, la energía, la vivienda, recursos para transformar propuestas en políticas públicas y responsabilidades que nos puedan exigir cuentas.

Seguimos viendo las mismas caras con los mismos discursos. Aprender de quienes nos precedieron es importante, pero esa relación debe ser bidireccional: aprendemos y también influimos. No aceptaremos que nuestro rol sea repartir volantes, llenar plazas y repetir mensajes que nunca ayudamos a crear. No somos meros instrumentos de campaña.

Nos corresponde estudiar, debatir con quienes piensan distinto, construir consensos, sostener propuestas cuando dejan de ser tendencia y rendir cuentas con la misma exigencia que pedimos a los demás. Ser joven no garantiza hacer buena política. Pero tampoco debería obligarnos a adoptar un discurso ajeno como requisito de entrada. Y a quienes ya estamos dentro nos toca enfrentar una pregunta más compleja: ¿estamos abriendo la puerta a otros o simplemente nos pusimos el traje que nos prestaron?

Antes de cuestionar dónde están los jóvenes, pregunten qué ocurre cuando llegamos. ¿Nos permiten discutir la agenda? ¿Decidir? ¿Administrar recursos? No estamos ausentes: estamos organizados, proponiendo y en la calle. La verdadera pregunta es si quienes detentan el poder están dispuestos a compartirlo antes de que compitamos en las urnas.

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